A finales de la década de los cuarenta del siglo XIX se quejaba Charles Baudelaire de la situación de la danza, es decir, de su marginación. Mucho tiempo después, ya en el XXI, contaba Delfín Colomé cómo a lo largo de los años como crítico en suplementos culturales apenas había tenido la oportunidad de escribir sobre danza porque no se publicaban libros sobre ese arte. No ha cambiado mucho la situación, entonces. Ahora, la crisis servirá para extinguir lo que no interesa y la danza quedará reducida a sus manifestaciones históricas y elitistas. Por eso es difícil evitar una sensación de tristeza al ver la película que Wim Wenders ha dedicado a la desaparecida Pina Bausch. No es solo que en la sala coincidiera nada más que con otras cuatro personas –cuatro, sí-, que ya es de suyo bastante lamentable. Es también la sensación de que la danza, como el resto de las artes, debería estar presente en la enseñanza de todos los ciudadanos y en las actividades de todas las edades. Pero no llega ni a ser un sueño. Alemania está muy lejos. Y aquí, la danza como forma de vida no vende. El trabajo admirable e incansable de Pina Bausch queda parcialmente recogido en la película y, solo por eso, ya merece ser vista.
La danza como forma de vida
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